MCM: un parque temático eclesial en Venezuela
Ph. D Edixon AdanProfesor Universitario, Psicólogo, abogado y politólogo.
Vivir hoy en Orlando, Florida, tiene una particularidad: uno termina acostumbrándose a lo extraordinario. Con el paso del tiempo he tenido la oportunidad de visitar algunos de los parques temáticos más importantes del mundo: Magic Kingdom, Universal Studios, SeaWorld y, más recientemente, el majestuoso y encantador Epic Universe. Son espacios diseñados para provocar asombro, despertar emociones y hacer sentir a cada visitante como un niño que entra en un mundo distinto, cuidadosamente pensado para generar una experiencia total. Sin embargo, lo que resulta interesante, y profundamente revelador, es que mi encuentro con una experiencia de esa naturaleza no ocurrió primero en Orlando, sino años antes, en Venezuela, en un lugar inesperado.
Entre los años 2018 y 2019, en medio de la crisis existencial más intensa de mi vida, llegué a la iglesia Misión Cristiana para el Mundo. No lo hice desde la ingenuidad ni desde la emoción inmediata, sino con una actitud reflexiva, con una conciencia crítica que me llevó a observar con detenimiento lo que allí ocurría: cómo se desenvolvían, cómo hacían iglesia, cómo se organizaban, cómo servían. Fue en ese proceso de observación, pausado, analítico y honesto, donde comprendí algo que, hasta el día de hoy, sigo sosteniendo con firmeza: aquel lugar era, en esencia, un parque temático eclesial en Venezuela.
No en el sentido superficial del entretenimiento, sino en su capacidad de generar una experiencia integral que envuelve, activa y transforma. Así se siente estar allí: como un niño que no deja de asombrarse, que quiere participar, que no desea quedarse al margen. Hay una atmósfera que no se impone, pero que se percibe; que no se anuncia, pero que se experimenta. Es un entorno donde cada espacio, cada actividad y cada interacción parece tener una intencionalidad clara: provocar vida, movimiento, participación.
Ubicada al oeste de Barquisimeto, en el estado Lara, específicamente en el sector Cerrito Blanco, esta obra ha levantado mucho más que una edificación. Bajo el liderazgo de los apóstoles Keison Carrillo y Belkys de Carrillo, se ha configurado una comunidad donde la fe se hace tangible en múltiples dimensiones.
Uno de los elementos más impactantes es su capacidad de servicio social. La atención a los más vulnerables no es un programa ocasional, sino una práctica constante. Alimentación para quienes lo necesitan, acompañamiento a familias en situación de crisis, orientación psicológica, asesoría en diversas áreas, brigadas comunitarias y múltiples iniciativas que responden de manera concreta a las necesidades del entorno. Es una iglesia poderosa en este ámbito, no por discurso, sino por ejecución.
Y allí es donde mi historia personal se entrelaza con esta experiencia. Siempre he sentido una profunda inclinación hacia los más desposeídos, hacia aquellos que cargan con el peso de la exclusión y la precariedad. Por eso, mi incorporación fue casi inmediata. Me integré como psicólogo en uno de sus centros de ayuda y, en diversas ocasiones, fungí también como abogado. Todo ad honorem. Sin remuneración, sin expectativa de retorno. Porque eso es lo que se respira en ese lugar: una cultura donde servir no es una opción, sino una expresión natural de la vida que allí se vive.
No es algo que se enseña únicamente desde el púlpito; es algo que se contagia. El propósito que orienta esta comunidad lo expresa con claridad: “En MCM somos una familia unida, que adoramos a nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, a través del Espíritu Santo; testificamos de la salvación, examinándonos y creciendo a la luz de la Biblia, y desarrollando a cada persona a fin de que descubra el propósito por el cual fue llamado.” Más allá de su formulación, lo significativo es que esta visión se encarna en la práctica diaria.
Sin embargo, desde mi percepción actual, considero que atraviesan un momento importante: un redescubrimiento de su visión. Un volver a recordar, a alinear, a traer nuevamente al centro aquello que da sentido a todo lo que hacen. Y esto no solo es necesario, sino saludable.
Porque cuando una comunidad alcanza niveles elevados de funcionamiento, ocurre algo que puede pasar desapercibido: lo extraordinario comienza a percibirse como cotidiano. Durante el tiempo que estuve entre ellos, pude notar que muchas dinámicas, que en otros contextos serían excepcionales, eran asumidas como normales. Se sobreentendían procesos, niveles de compromiso y formas de servicio que, en realidad, no son comunes en otros espacios.
Es como tener un árbol frutal en casa durante muchos años. Al principio, cada fruto es motivo de celebración; con el tiempo, se vuelve parte del paisaje. Se normaliza lo que, en esencia, sigue siendo extraordinario. Por eso, detenerse y redescubrir no implica retroceder, sino valorar con mayor profundidad. Recordar permite proteger la esencia, y reafirmar la visión permite sostener el rumbo con claridad.
Porque lo que ocurre en ese lugar no es común. No es habitual encontrar una comunidad que sirva de manera sostenida sin esperar retribución, que forme personas con propósito, que genere sentido de pertenencia real y que, en medio de un contexto adverso, mantenga una dinámica de crecimiento, organización y servicio constante.
Por ello, más que describirlo, me permito extender una invitación. A propios y extraños, a cercanos y lejanos, a quienes buscan respuestas o simplemente desean observar algo distinto: peregrinen, al menos una vez, a este lugar. No como visitantes ocasionales, sino como observadores conscientes. Permítanse experimentar, participar, involucrarse.
Tal vez descubran, como me ocurrió a mí, que no se trata solo de una iglesia. Tal vez encuentren un espacio donde el alma respira distinto, donde la vida se reorganiza y donde es posible tomar un segundo aire para seguir adelante, inspirados en la certeza de que, aun en medio de la dificultad, un mañana mejor no solo es posible, sino alcanzable.

